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17/10/2011

Fantasmas que buscan sus cuerpos para que se haga justicia







A más de treinta años de la ratificación del Convenio Europeo de Derechos Humanos (1979) por parte de España, se continúa sin conocer el paradero de miles de víctimas de la Guerra Civil Española y de la dictadura de Francisco Franco.

Victoria Brocca

España. Hoy, el privilegio y derecho de contar con una tumba no se ha hecho extensivo a la totalidad de los españoles.
            Aún cuando se cuenta con cifras bastante exhaustivas que señalan cómo los muertos del bando franquista fueron enterrados en su inmensa mayoría de manera digna en cementerios, o su memoria restaurada y honrada en homenajes oficiales, las víctimas de la guerra civil y posterior represión franquista asesinados y enterrados en las cunetas, en las tapias de los cementerios o en los bosques, carecen en su mayoría de un entierro digno. En muchos casos, como el de mi tío paterno, se convierten en el rostro que nos mira y envejece con nosotros en una fotografía legada para combatir el olvido, sin que nosotros, sus familiares, sepamos cómo murieron o dónde fueron enterrados.
            A más de treinta años de la ratificación del Convenio Europeo de Derechos Humanos (1979) por parte de España, se continúa sin conocer el paradero de miles de víctimas de la Guerra Civil Española y de la dictadura de Francisco Franco.
            Dicho convenio establece la obligación de emprender una investigación oficial efectiva e independiente en todos los casos de desaparición de los que se tenga noticia. Con más de 140 mil desaparecidos contabilizados por la reciente investigación realizada por la Audiencia Nacional a petición del juez Garzón –sin tomar en consideración a los niños perdidos ni a los desaparecidos en combate—España sólo es superada en este rubro por el régimen de Pol Pot en Camboya. En Andalucía existen más desaparecidos (se calculan 54 mil) que los sumados por los crímenes de desaparición forzada perpetrados en Chile, Argentina, Perú y Guatemala.
            En todas sus vertientes (desaparición forzada seguida de ejecución extrajudicial, desaparición forzada infantil seguida de robo de identidad, o desaparecidos en combate) la desaparición forzada de personas practicada sistemáticamente desde el Estado, como lo fue en el caso español en la guerra civil y luego en la dictadura de Franco, constituye un crimen contra la humanidad violatorio de diversos derechos fundamentales de los desaparecidos, pero también de sus familiares.
            Mucho ha sido el camino recorrido desde la muerte de Franco y la aparición de la Ley de Amnistía de 1977 hasta llegar a la Ley de la Memoria Histórica aprobada en 2007, pero en el presente aún continúa percibiéndose una especie de tendencia esquizoide en las instituciones del Estado que, por una parte, aprueban una ley cuyas disposiciones implican juicios sumarios al franquismo, ayuda a los represaliados, exhumación de fosas comunes y eliminación de símbolos franquistas, y que, por la otra, impide o retrasa que las mismas disposiciones legales se cumplan como resultado de kafkianos mecanismos burocráticos; o que, con una aplicación a modo, llevaron al juez Garzón –cuyas actuaciones como juez de la Audiencia Nacional en muchos casos resultaron controvertidas—a enfrentar un juicio por prevaricación, y que le apuestan al inmovilismo y a la inercia en esta materia, y al miedo o culpa que muchos españoles que vivieron directa o indirectamente a través de sus familiares los hechos de la guerra civil y después la represión del franquismo, para evitar que se cumplan las disposiciones que la propia ley establece.
            Sin embargo, los sectores más conscientes de la sociedad española y las nuevas generaciones se han abocado a que se haga justicia, y combaten el olvido y la amnesia colectiva se ha traducido en la continuación de la impunidad para los responsables de haber ejecutado estos crímenes.
            Así es como de manera progresiva fueron cobrando forma iniciativas de diversos grupos y asociaciones que, después de preguntarse sobre lo que se vivió en España, se negaron a aceptar un pacto de los vencedores sobre los vencidos como el que se dio durante la llamada transición.
            Desafortunadamente durante este proceso, como en los años previos al mismo, muchos documentos que formaban parte de los archivos de la Guardia Civil y que contenían información valiosa sobre personas desaparecidas durante la guerra y la posguerra fueron destruidos.
            Ese proceso político de la llamada transición se vio especialmente determinado por los dirigentes franquistas que querían conservar sus privilegios y no rendir cuentas a la sociedad española.
            De este modo, la Ley de Amnistía -que fue una de las claves de este proceso, discutida y aprobada tras las elecciones de junio de 1977- representó esencialmente la construcción social de la impunidad de los responsables de las dictaduras.
            En esas primeras elecciones democráticas celebradas tras la muerte de Franco, la sociedad española otorgó el gobierno a la Unión de Centro Democrático, manifestando así su miedo a que la llegada de un gobierno progresista pudiera incomodar a los sectores más reaccionarios.
            Posteriormente, gracias al impulso de numerosas personas que decidieron no rendirse y buscar justicia, se fue abriendo brecha para luchar contra la desmemoria y un pacto en el que el olvido representaba una traición para los republicanos vencidos, exiliados y desaparecidos.
            De esfuerzos que comenzaron a nivel individual, como el de Emilio Silva con la búsqueda del sitio donde había quedado su abuelo, y que luego fructificaron en la fundación de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (AMRH) -que hoy preside-, las asociaciones se han multiplicado hasta constituir la Federación Estatal para la Recuperación de la Memoria, cuyo vicepresidente es Emilio Sales.
            Estos foros se crearon para conocer la verdad y para que se haga justicia a las víctimas aunque, como reconoce el propio Sales (quien preside el foro por la Memoria en su área de Castilla la Mancha), la participación de la ciudadanía en estas tareas es todavía escasa.
            A estas acciones se suma también, por ejemplo, la labor de la Confederación General del Trabajo de Andalucía y de la Asociación Andaluza Memoria Histórica y Justicia, la cual –en el proyecto Todos los Nombres- ha creado una base de datos sobre personas desaparecidas y fusiladas durante la Guerra Civil y la posterior represión franquista para levantar un mapa de fosas, ese limbo provisional en el que continúan muchos de quienes defendieron un orden legítimo y enarbolaron la bandera del cambio para que España dejara de ser el cuerpo anquilosado, decadente y enfermo que muestra Valle Inclán en sus esperpentos.
            Como señalan estas asociaciones, la justicia no es petición de gracia sino exigencia para garantizar el respeto a los derechos humanos versus la impunidad.
            Desde la fosa exhumada en la localidad leonesa de Priaranza del Berzo en octubre de 2000, se calcula que se han abierto más de 200 fosas del bando republicano.
            Entre los objetivos de las asociaciones fundadas para la recuperación de la memoria se encuentra determinar la filiación de verdugos y cómplices, y el origen de haciendas y privilegios actuales -suyos o de sus herederos- que se escudaron en los actos de fuerza producto de la usurpación de un régimen legítimo y el atropello de derechos fundamentales de las víctimas, para determinar si proceden en su totalidad o parcialmente de un enriquecimiento ilícito. También existe el objetivo de poner en evidencia la impunidad del franquismo y poner de relieve cómo la represión y el asesinato de miles de militantes sociales, sindicales y políticos, ha servido de base para mantener unos privilegios de clase, tanto en el franquismo como después de muerto el dictador.
            Sin embargo, se requiere una labor más decidida que involucre mayores esfuerzos y logros en este ámbito. Desde los esfuerzos pioneros realizados por la ARMH en Priaranza del Berzo se han exhumado más de mil 500 cadáveres, los más recientes en noviembre de este año. Se calcula que en total sólo se han sacado 5 mil cuerpos, que no llegan ni al diez por ciento de los enterrados.
            Poco a poco las acciones tendientes al reconocimiento de los derechos de las víctimas y de sus familias se han visto reflejadas en los ordenamientos legales.
            El 31 de octubre de 2007 el Congreso de Diputados aprobó la Ley de la Memoria Histórica por la que se reconocen y se amplían los derechos de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil o la dictadura. En el texto de la ley el gobierno se compromete a ayudar a la localización, identificación y exhumación de las víctimas de la represión franquista, entre otras disposiciones.
            Pero, según argumenta Francisco Espinosa Maestre, historiador coordinador del proyecto Todos los nombres y autor del informe sobre la represión franquista enviado al juez Garzón, sólo ocho comunidades autónomas han firmado convenios para facilitar datos sobre las fosas.
            Asimismo, las asociaciones y familiares de las víctimas que continúan buscando restos de personas lo hacen prácticamente con medios propios. Además, el Estado sólo prevé una reparación simbólica para víctimas y subvenciones para las actividades de las asociaciones hasta un máximo de 60 mil euros por organización, según la Ley.
            El miedo fue y continúa siendo uno de los grandes elementos con los que ha jugado el poder político tras la muerte de Franco.
            Así lo demuestra la mujer con la que coincidí hace unas semanas en un viaje de tren por la provincia de Salamanca, que espontáneamente me narró —cuando pasamos por uno de los montes de la región— cómo su abuelo fue asesinado y su cuerpo arrojado en uno de esos montículos como lo fueron tantos otros, y los años que tomó que fuera descubierto el sitio exacto tras las investigaciones realizadas por su hermano con vecinos de la zona, que culminaron con el hallazgo del sitio donde se les enterró. Ese cuerpo ahí continúa, como el resto de sus acompañantes, pues sus familiares no han puesto en marcha alguna iniciativa para sacarlos por temor a represalias. ¿De los vecinos o de las autoridades? Eso no lo dijo.
            Ese mismo miedo la paralizó, cuando la llamé posteriormente desde México, para que me relatase con detalle aquel infortunado suceso en el que su abuelo fue asesinado.
            —Lo que hay es lo que hay. Lo que me interesa ahora es resolver mi situación económica
—y agregó—. Sus hijos (del abuelo) son los que tendrían que haber visto esto. Ahora eso es agua pasada. Hay que luchar por otras cosas…por lo que tenemos ahora. Aquello lo solucionaron y no me meto en algo así. No sabemos quiénes eran los buenos y los malos.
            Y volvió a insistir:
            —Si tuviera la situación resuelta.
            —¿Es por miedo que no quiere hablar?
            La política me da igual, para inmediatamente agregar, contundente:
            —Eso no me asusta. No me quita el sueño. Lo que me quita el sueño es mi situación. Posiblemente en otro momento…Ahora hay que trabajar el triple. Eso es lo que hay. Sacar lo mío adelante.
            —A lo mejor su hermano quisiera contarme, ¿me da su número de teléfono?
            —No. Eso no va a poder ser. A él tampoco le interesa remover nada.
            Esto es lo que hay con muchos españoles aún. No quieren meterse en líos. Quieren olvidar. ¡Como si eso se pudiera hacer voluntariamente!
            En Madrid otro hombre al que llamaré Domingo, cuando lo conocí, de forma espontánea me comentó una experiencia similar. Su padre, denunciado por uno de sus familiares, fue detenido y asesinado, como en muchos de los casos reseñados en el reciente libro sobre la represión franquista publicado por la Asociación de la Memoria Histórica de Guadalajara, que acaba de ver la luz en días recientes. Aquello obligó a que su madre se marchara a Francia. Su preocupación, tal como la externó cuando me mostró la detallada lista de casos aparecida en esa publicación, es lo que va a suceder como resultado de esa iniciativa, pues muchos de quienes realizaron las denuncias -como en el caso de su familia-, y quienes se quedaron también con los bienes de las víctimas, eran familiares.
            —¿Qué se va a hacer con eso ahora? Porque tendrán que devolver todo lo que le quitaron a los que murieron, ¿no? ¿Cómo van a verse las caras unos y otros a partir de ahora? ¡Si son familia!
            Este hombre, informado y relacionado con el mundo editorial, también se muestra reacio a compartir sus vivencias y prefiere continuar guardando silencio, aunque ello poco honre a su padre asesinado por los falangistas. Pero él, como la mujer con la cual me topé, forma parte de una generación que fue educada a través del terror y la represión para bajar la cabeza y colocarse un antifaz para no reconocer el horror y la ignominia que despojó a los suyos de una vida digna, por miedo a perder su pequeña isla de privilegios mínimos y una pensión que les asegure atención médica gratuita y poder pagar un féretro, ellos sí, en alguno de los cementerios de su localidad.
            Pero, como los cuerpos de los ahogados, los cuerpos de los desaparecidos españoles terminarán por salir a la superficie, pues -como ocurrió en Elsinor- muchos españoles conscientes reconocen hoy que hay algo podrido en España, como Hamlet lo advirtió en Dinamarca cuando le habló el espectro de su padre.
            Por fortuna cada día son más los grupos que no se amilanan y luchan en este momento porque haya justicia, verdad y restitución para las víctimas del franquismo y para la sociedad española a la que le fue amputada parte de su historia y de su memoria.
            Esta es una tarea que no admite dilación. España sólo podrá tener un futuro abierto si sus ciudadanos son capaces de asumir y evaluar con conciencia crítica el pasado. Los fantasmas de los desaparecidos y sus cuerpos que se pudren exigen justicia. No habrá futuro posible sin la restitución de los derechos a las víctimas, y una justicia que se asiente en la verdad y la dignidad.
            Como señaló una hija de exiliados españoles en una conferencia impartida el año pasado por el filósofo Fernando Savater en el Colegio de México, cuando éste recomendó a los españoles “olvidar” y recomenzar de nuevo pensando en el hoy: “Nosotros, quienes padecimos el exilio, la muerte y la desaparición tanto de nuestros ideales como de nuestras familias, nos negamos a convertirnos en figuras decorativas y en hilachos deslavados condenados a desaparecer del tapiz de la historia de España como resultado de las acciones de un tirano”.
            Es necesario rebelarse siempre contra la falsificación de la historia. Es indispensable restituir a las víctimas lo que les fue arrebatado. Y quienes tenemos familiares desaparecidos necesitamos y exigimos saber dónde fueron arrojados para proporcionarles una sepultura digna, construida a la medida de sus ideales traicionados. Que se les haga justicia.

20/05/2011

Masajes - Andrés Eichelmann Kaiser


Eric Fischl, Bad Boy, 1981
Öl auf Leinwand, 167,5 x 244 cm
Privatsammlung, Courtesy Thomas Ammann Fine Art, Zürich


El vómito que sale de David te suena como una metralleta cuando choca contra el agua. Abres la puerta del baño para verlo derrotado, luchando contra su propio organismo que entre espasmos y chorros de alcohol a medio digerir, reclama reposo. Cierras la puerta. Con tu vaso lleno de ron en las manos, miras el sol que se asoma por la ventana. La mañana tiene un tono brillante y frío, por fin sabes que la fiesta terminó.

Miras a David que sale del baño tambaleante y se encierra en su cuarto ante tu mirada decepcionada. Negándote a aceptar el fin de la noche, decides poner otro disco mientras enciendes un cigarrillo. La música beat no te cautiva como lo hizo horas antes, cuando diste el primer sorbo de ese ron enfriado por cubos de hielo en un vaso de vidrio. Ahora bebes en plástico a temperatura ambiente. De no haber sido por ese tropiezo, producto del intento de la ejecución de un solo sin guitarra, por lo menos conservarías el cristal. Al dar la tercera calada, caes en cuenta que un hambre atroz te ha invadido y no puede ser prolongada. Sin soltar el vaso, esculcas cada rincón de la cocina sin éxito. Regresas a la sala y echas una mirada al espacio casi vacío de paredes blancas, decorado sólo con una vieja televisión sin botones. La imagen te deprime de inmediato y muy a tu fortuna recuerdas el sabor de las hamburguesas de microondas que venden en el veinticuatro. Sin pensarlo dos veces, tomas tus llaves y sales del atolladero.

El aire frío te toca la cara haciendo saltar el rubor en tus mejillas. Desde la altura, echas una mirada al vecindario. Al bajar la escalera de caracol casi resbalas en el último escalón, provocando que un poco de ron salte por los aires. <<Uf, casi>>, piensas antes de dar un trago y seguir hacia la puerta de la cochera. La colonia está desierta. Caminas justo al centro de la calle, como te gusta, tratando de seguir las líneas del pavimento. Siempre te ha atraído más la calle que la banqueta. La emoción de tirarte sobre la carretera y tratar de aguantar acostado el máximo tiempo posible mientras un coche se dirigía a ti a toda velocidad, fue una revelación casi mística que ya no practicas de un modo físico pero sí mental. Alcanzar el punto exacto para darse el tiempo de levantarse y correr hacia la orilla sin que tus intestinos resulten desparramados como serpentinas en fiesta de cumpleaños, toma décadas llegar, eso sí, no sin un montón de sabiduría acumulada entre cada intento. Ahora tratas de hacerlo de nuevo, desafortunadamente no hay ningún auto delante al que puedas retar, tampoco detrás. Te detienes. Recuerdas por qué estás ahí. Esa exquisita preparación a base de carne y pan envuelta en algún derivado petroquímico (que seguramente también está presente en la carne) te ha devuelto a la tierra y caminas apresurado mientras maquilas una sonrisa. <<Con un poquito de catsup y chilitos en vinagre para dormir a toda madre>>, te antojas.

El letrero del veinticuatro se descubre detrás del robusto hule, hogar de gatos callejeros. Miras el letrero. AM/PM. <<Qué gran nombre para una tienda, no tiene pierde>>, piensas mientras das un trago de ron que baja por tu garganta calentándola. La emoción te desborda a punto de cruzar la avenida, cuando un sonido que parece emanar de un buque marino suena detrás de tí. Giras. No es un barco, es un auto, un auto azul, una auto con sirena, ¡una patrulla!

Buenas joven– te saluda el oficial desde el interior.

– ¿Qué pasó?– respondes en tono alto arrastrando las palabras.

¿De dónde viene?

De mi casa.

¿Y qué trae ahí?

– ¿Dónde?.. ¿aquí?... agua.

El policía baja del vehículo y te das cuenta de la poquísima estatura que alcanza, te parece un enano. Su pareja baja de la puerta del copiloto cuando el primero se pone la gorra. <<Un enano cabezón>>.

¿Agua?

– Sí.

A ver, déjeme ver.

No... sí– le dices al tiempo que tratas de esconder el vaso.

– Démelo.

Obedeces. El enano lo coloca frente a su nariz y deja escapar un bufido. Se lo ofrece a su pareja que inhala profundamente para después soltarte una sonrisa malévola.

Anda tomando en vía pública, nos lo vamos a tener que llevar a la delegación pa que pague la multa.

Ahh... ¿y de a cuánto es oiga?

– Son treinta días de salario mínimo. Le va a salir como en dos mil pesos.

No... está muy caro, oiga.

Pus ahí les dice eso en la delegación. Órale, súbase.

Ándele, poli... Mire, dejo el vaso y ya está.

¡Que se suba!

Estás atrapado. Irás a la delegación y estarás horas rogándoles que te dejen ir, solo y sin hamburguesa. <<La hamburguesa>>. Te tocas la bolsa trasera del pantalón para descubrir con alivio tu cartera de piel. Dentro debe haber por lo menos quinientos pesos. Relajado, miras al enano, que te jala de un brazo para meterte en la patrulla.

– Écheme la mano. El enano se detiene de súbito y te mira complacido.

– ¿Y cómo quiere que le ayude?


El humo de tu cigarro juega en el aire de la mañana. Afortunadamente has traído tu cajetilla. Esperar no es precisamente una de tus actividades favoritas. Ver pasar el tiempo presente aguardando para que el futuro te alcance es una tristeza, pero ahora no te queda de otra: hay que esperar. Un trago de ron se desliza por tu garganta después de exhalar el humo. Fumar y tomar, grandiosa combinación. <<Es un invento al nivel del escalón>> te dices.

Recargado en la patrulla, miras a los dos policías que yacen a tu lado. Uno juguetea con un celular mientras el otro observa la pantalla como si mirara una película. Las calles siguen desiertas. Sólo estás tú y el par de representantes de la ley.

Por el fondo de la calle camina una chica morena cuyas carnes se desbordan de su ajustada ropa. Lidera una caravana de jovencitas con caras desmañanadas y cabellos húmedos. Al pasar frente a ustedes, la chica carnosa se detiene.

–¿Van a pasar? – pregunta con voz grave.

Los oficiales asienten sonrientes. La cortina de metal se abre, las chicas entran y tú te internas en las sombras.

–Siéntense, en cinco minutos les atendemos.

Te sientas en un estrecho sillón con un oficial a cada lado oprimiéndote los brazos. Das otro trago al ron, casi te lo has acabado pero aún queda un cuarto del vaso. <<Hubiera traído la botella>> piensas mientras el coro femenino se escucha en la otra habitación, de donde sale la chica carnosa seguida por cinco jovencitas, ahora con vestidos cortos y apretados.

–Maira, Salomé, Sarahí, Vanesa y Linsi – dice la chica carnosa señalando una a una, mientras el enano se pasa la lengua entre los labios.

–El masaje es de a ciento cincuenta, si quieren oral de a quinientos, ya por lo que es la cogida sale de a siete cincuenta.

–Órele mi capi, escójale– le dices al enano que como niño en dulcería no sabe cuál elegir. Por fin señala a una. Su pareja le secunda.

Las chicas los toman de las manos y los llevan más allá de la puerta.

–¿Y tú? ¿con quién vas a querer? – te pregunta la chica de las carnes frondosas.

–Pues contigo ¿no? – le dices provocándole una sonrisa.

Al entrar al cuarto, un déjá-vu te golpea con la fuerza de un martillo. Entre las estrellas te das cuenta que seguramente ya has estado antes. Claro, tuviste que haber estado si no ¿cómo es posible que llegaras hasta ahí? Lo maravilloso de la ingesta de alcohol es que en realidad borra partes de tus recuerdos que no son necesarios o agradables, pero deja siempre a la mano la información práctica para cuando se le necesite. Mientras te convences de esa idea, tu cuerpo se tumba en una mesa acolchonada, portadora de varios tipos de sudor, aseada por última vez desde quién sabe cuándo. Pero no te importa. Te quitas la camisa y esperas a que comience la acción.

Mientras el aceite resbala por tu espalda, sueltas gemidos esporádicos de cuando en cuando. Te recuerdan a David y su lamento al pie del escusado. Ríes. Te das la vuelta y la cosa comienza a ponerse seria. Ella te quita los pantalones para pasarte las manos por los muslos una y otra vez, provocándote una erección de tal intensidad que pierdes el sentido del tiempo. Abres los ojos y miras como la chica carnosa está mirando tu miembro con la boca entreabierta.

–Te quiero coger – le dices en pleno estado de éxtasis.

–¿Y luego?

–No traigo dinero.

–¿Ni para una mamadita?

–Ni para una.

–Mmm, qué lástima.

Una imagen del poli cabezón aparece en tu mente: no tiene dinero para pagar y ruega por su vida ante piernas y vestidos entallados.

–Bueno... tal vez para una – le dices.

Dejas caer la cabeza de golpe en la mesa acolchonada y te entregas por completo al placer que se te ofrece, mientras un calor sofocante golpea la habitación.

Terminas de vestirte y sales al recibidor para escuchar los gritos de placer del enano, o quizá de su pareja. Abres tu cartera para encontrarte con un par de billetes grandes, insuficientes para liquidar el pago del servicio por los tres. Mientras tu mirada permanece atada a los billetes, escuchas la voz grave de la chica.

–¿Van a pagar esos por lo tuyo? – te dice con una mano en el mostrador y la otra en la cintura.

Es el momento perfecto para salir de ahí, llegar a tu casa y tumbarte en la cama para siempre. Un plan formidable, con el único inconveniente que si algún día decides levantarte, tendrás que vivir bajo el miedo de que un enano cabezón te esté buscando por la colonia con la intención de fundirte en la cárcel. Además, palabra de hombre es palabra de hombre. Haces memoria y no puedes encontrar el momento en el que les diste tu palabra. Siempre has dado mordida a la autoridad, es tiempo que ahora sea al revés.


Cegado por el sol, echas una ojeada a la patrulla antes de empezar a andar. La gente camina por las calles y los autos comienzan a circular. Terminas tu ron cuando sientes nuevamente el antojo de hamburguesa procesada en la boca.

02/05/2011

Ponencia para el coloquio sobre teatralidades del Bicentenario UIA 2010


El martirio de Morelos de Vicente Leñero
Martirio de Morelos   Teatro documental de Vicente Leñero
por  Diana Patricia Benítez

Para hablar del teatro documental en México invariablemente se debe hacer referencia a los inicios del  siglo XX en Europa, con teóricos como Piscator, Brecht y Artaud, quienes son los padres del teatro político, el teatro popular y más tarde el teatro documental. Ya en la década de los sesentas y todavía con reminiscencias de la posguerra, Peter Weiss se encarga de darle un nuevo respiro a este tipo de teatro y es así que su influencia llega hasta nosotros gracias a un dramaturgo interesado también en plasmar problemas de orden político y social.
         El maestro Vicente Leñero encuentra en esta rama del teatro una beta importante, que expone de manera crítica por medio de su obra. En esta ocasión me referiré especialmente a  Martirio de Morelos escrita en 1981. La obra retoma básicamente un hecho histórico: el juicio y proceso aplicado a Morelos tras su captura.  La obra está basada en las transcripciones de dicho proceso y muestra  un drama documentado que vale la pena revisar no sólo por las fechas históricas que nos convocan, también por su importancia dentro de la historia del teatro en nuestro país.
         En un principio el proyecto de Leñero consistía en presentar una serie de obras teatrales de corte histórico que fueran representativas de cada época, por ejemplo, un  juicio a Ocelótl, un juicio a la virgen de Guadalupe, un juicio a Hidalgo…Y es con este personaje histórico que Leñero decide dar inicio a la serie de obras históricas. En su afán por encontrar información veraz, Leñero acude a Abraham López Lara, historiador y amigo, quien después de conocer la intención del dramaturgo para escribir el juicio a Hidalgo le externa su opinión personal: “El caso de Morelos es más interesante; se presenta más dramática su caída”. Leñero, un poco dudoso decide tomar en cuenta la observación. Así fue que López Lara le presta el tomo VI de Juan Hernández y Dávalos sobre la Colección de documentos para la historia de la Guerra de Independencia de México editado por la SEP en 1927. Frente a la narración de cada interrogatorio, de cada expresión marcada en las verdaderas páginas de la historia, Leñero encuentra de manera directa esas escenas narradas por los secretarios encargados de llevar las notas en los tres procesos que se le siguen a Morelos en los juzgados. Poco a poco estos textos toman forma de la obra teatral. Leñero se decide a escribir la primera obra de su proyecto. Efectivamente la figura de Morelos era presentada de manera dramática. Fueron pocos los cambios para lograr su representación ya que uno de los objetivos era precisamente mostrar de manera veraz lo sucedido al Siervo de la Nación durante su proceso incriminatorio, y como el mismo Leñero comenta: “no era la intención mostrar a un héroe sin dobleces, era precisamente con lo que quería romper, la búsqueda está en presentar un hombre abatido, arrepentido y que sufre ante  la idea de la muerte”.
         La  anécdota de la obra no es complicada. Lo que se presenta es un lapso temporal de más o menos veinte días, los que anteceden a la ejecución de Morelos. Los procesos que enfrenta son tres: El primero tiene que ver directamente con su condición de hombre de la iglesia. El segundo es el que efectúa la Santa Inquisición y al terminar los juicios relacionados con la figura del hombre eclesiástico, se cumple el tercer proceso igualmente duro,  afrontar la sentencia como un hombre insurrecto. La iglesia pide clemencia, que es negada, pero se logra que no descuarticen el cuerpo del cura por haber cooperado con las autoridades correspondientes. A Morelos se le tacha de traicionero y se le condena. Lo pasan por las armas y se convierte en mártir de la independencia. Esta es la historia.
         Pero son las peculiaridades de la obra las que la hacen única, comenzando por los  personajes que presenta Leñero, que conservan este sentido de verdad que nos mueve a buscar la cita a pie de página. Son tan claros en su construcción que nunca dudamos de su existencia pero al mismo tiempo podría decirse que se percibe un aire de poca profundidad dramática. Este es uno de los temas fundamentales dentro del teatro documental que defiende Peter Weiss, la principal influencia para crear teatro documental en Leñero. Weiss plantea que el documento es no sólo un hecho objetivo, un dato verificable, una acción vivida también es un sistema inmerso en un discurso que le da sentido pero “sin dejarse llevar por la mitificación que producen las vanguardias burguesas y que finalmente logran la  falaz esencia humana, la expresión sentimental, etc.” Es por eso que dentro de la obra documental el aspecto de construcción dramática intencional tiene que pasar a un segundo plano, lo que importa es el hecho en sí mismo ubicado dentro de una historicidad totalmente documentada y verificable.
         Es por esto que Leñero muestra a los personajes tal cual dentro del proceso. Deja de lado cualquier interpretación extra, y no crea un trasfondo dramático. Simplemente  deja actuar a sus personajes frente al público con la misma dramática que encontramos en la vida misma. Este efecto  logra que los espectadores se formen una idea sobre los acontecimientos reales  sin la manipulación de los hechos. Leñero no pretende que veamos a un Morelos  bueno o malo, se basa en los hechos descritos en la historia misma, a nosotros nos tocará  reflexionar, e intentar encontrar algo más. 
         Ante este sistema claramente ideado, la primera impresión en el público es  de rechazo e incredulidad. No se puede  o no se quiere creer que el héroe de la independencia tenga dudas. No podemos entender que en el último momento y ante la imposibilidad de salvarse, Morelos  haya querido pedir disculpas a Fernando Séptimo y haya delatado a todos los participantes de la lucha independentista. Y es precisamente en ese instante que el efecto del documento emerge inminente, pues lo que se oculta aparece frente a nosotros. El hombre se muestra, éste  que no termina de comprender su papel dentro de la historia. Morelos reacciona como lo que era, un hombre sencillo con ideales poderosos  y grandes aptitudes de estratega, poder de convencimiento y también  serias dudas sobre su propia vocación de hombre de iglesia. Esto es lo que vemos en el escenario de la realidad, tenemos frente a nosotros al personaje vivo. Acciona y decide de manera coherente frente a los hechos que le acontecen, no quedan restos de nuestro héroe de primaria.
         Leñero  nos muestra un hecho que nos sobrecoge. Nos rompe el esquema establecido y ni siquiera nos ofrece la posibilidad de una justificación heroica, pues la justificación final del personaje es la más común: el miedo a la muerte. Tal vez Leñero intenta acabar con los mitos, tal vez quiere que comprendamos mejor el papel de los héroes creados por hombres simples, lo que es cierto es que siempre defiende, al mismo tiempo que  ofrece,  una incomodidad. La incomodidad de un teatro para crear conciencia social, o conciencia simplemente. No en balde fue censurada en la UNAM en 1983.
         “La obra no tiene imaginación”. Así califica Leñero a su propia obra, y sigue: “Se trata de presentar la verdad sobre un hecho sustentado por textos históricos, una verdad sobre un personaje real. La realidad en un juicio contiene algo de dramático, es un hecho presentado ante un público que finalmente juzga a alguien y eso era lo que más me interesaba. Únicamente utilicé un artilugio de síntesis y de selección sobre los textos ya existentes, y haciendo las adecuaciones al lenguaje utilizado por el documento histórico real fue que la obra se completó”.
         Y sin embargo encontramos algunos de estos artilugios, dentro de la construcción, que llaman la atención. En primer lugar el manejo del tiempo, pues obviamente la obra debe cumplir con un tiempo determinado, a pesar de esto, las elipsis cumplen su función y se respeta lo lineal en lo posible. Donde radica el artilugio mayor, es en la creación de uno de los personajes principales: Lector. Lector funciona como los ojos de nuestra realidad, esto quiere decir que es un personaje “actual”, que cuestiona y opina sobre los hechos mismos escritos en los libros de texto. Lector es la representación de nosotros como espectadores, enfrentados al rompimiento del esquema planteado en un principio  por nuestros maestros reacios a ver de cerca la caída de un hombre, no de un héroe. Es interesante observar la relación que se va creando entre Lector y Morelos,
         Lector esta construido como parte de un rompimiento brechtiano que nos regresa al cuestionamiento, nos hace reflexionar sobre el manejo de la historia oficial, la contraposición de lo que encontramos en los libros, frente a  las mentiras o  malas interpretaciones de los hechos. Lector sí es un personaje ficticio, pero sus parlamentos están sustentados en textos documentales escritos por historiadores y estudiosos sobre el tema de Morelos. Esta contraposición crea inevitablemente un lenguaje de reflexión. Al final de la obra, este Lector acompaña al dudoso héroe, le enciende un cigarro y se aparta para observar su ejecución. El hecho contundente de la muerte, el castigo, la consecuencia establecida hacia los traidores insurrectos. Morelos transgredió una regla establecida, injusta o no, heroica o sencilla, humildemente hincado con un crucifijo entre las manos, Morelos cae en la segunda descarga del pelotón. Así es presentado Morelos en esta obra.
         Pareciera que la época de oro del teatro documental es cosa del pasado, pero está tan presente y ha llegado a introducirse en nuestro teatro a tal grado que ya ni siquiera se hace una diferenciación. Se le ha nombrado como: teatro de búsqueda, teatro de mensaje político, hasta teatro estudiantil. Cada uno de los caminos por los que ha transitado nuestro teatro documental finalmente se relaciona con cada uno de estos nombres, y no por eso es menor su importancia. El teatro totalmente documental, digamos, es difícil de encontrar en nuestros días y tal vez tenga que ver con los dramaturgos y su compromiso. No es fácil encontrar a alguien con la iniciativa para llevar a cabo una investigación exhaustiva sobre un tema, y es igualmente difícil encontrar a un autor con la capacidad de no rendirse frente a la enorme posibilidad que ofrece la imaginación. Esta es una cualidad que se le atribuye a pocos autores, pues dentro del teatro documental debe existir, en principio, una postura política y social de justicia, un ejercicio de humildad para mostrar algo donde no exista casi nada creado por el mismo autor, y una sinceridad frente a los hechos. Es por esto que la figura de Vicente Leñero nos da una lección de verdad, de humildad y de inteligencia para mostrarnos un hecho como el Martirio de Morelos, y es ahí donde radica su vigencia, aunque muy pocos reconozcan en el teatro documental una propuesta artística de importancia. El valor de la verdad debería ser mejor cotizada, lástima, preferimos imaginar mundos creados por autores extranjeros o evadir los problemas que nos aquejan cada día. Finalmente doy gracias a un autor como Vicente Leñero por causarnos, por medio de su teatro y en general de su obra toda, tanta incomodidad.






Diana Patricia Benítez, México, D.F., dramaturga, guionista y docente. Licenciada en Arte Dramático por la Escuela Nacional de Arte Teatral de Bellas Artes. Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en letras hispánicas, e integrante del Taller “Sólo los jueves” del maestro Vicente Leñero desde hace diez años. Estudió guión en la Escuela Internacional de Cine y TV de san Antonio de los Baños, Cuba y ha  publicado cuentos y artículos en varias revistas.


31/01/2011

Dicen que ella está en otra parte


Dicen que ella está en otra parte, pero yo la vi muerta, después de que la estuvimos violando.


Fue la periodista la que tuvo la culpa. Me hizo beber y recordar. Yo, ¿qué iba a hacer? Pues seguir bebiendo. La entrevista era para Luís que siguió pidiendo cervezas. No dejaba de reír. Ella tiene la culpa de que hoy me recueste en tu pecho y Luís. Luís dijo ¡tantas tonterías! Que yo era un triunfo de su poesía... Él hubiera sido el primero en correr cuando comenzaron las balas.

Luís tampoco sabe que la violé. No lo entendería, o peor, querría perdonarme. Diría: fueron cosas de la guerra. Lo diría con ese tonito suyo de joto, que no te preocupes, bicho: ¿Cuántos años tenías? ¿Quince? ¿Dieciséis?
Cuando el cura me presentó con Luís para exiliarme en México, comenzó el cachondeo. Esa misma noche. Holgamos, sí. El poeta y el militar. Porque soy un hijo de puta. Bien caliente. También me calenté cuando la estaba violando.

Hace mucho que mi mente no neceaba con ella. Quisiera saber: ¿Cómo te llamas? Me gusta pensar que tenías un nombre simple y sonoro: María. ¿Y tú? Yo me llamo Felipe y vivo en México desde hace quince años. Vivo con un poeta medio joto que se llama Luis. Yo soy su mayate.
Pero María está muerta. Y no sé si se llamaba María. Alejandro y yo la enterramos. El capitán ordenó a otro bicho: rocíala de gasolina. Dice el cura que ella está en otra parte.
Con la cruda y lo que tomamos, no pude dormir. Y eso que me tragué una pastilla. Me estaban poniendo de nervios los ronquidos de Luís. No me saciaba ningún agua, la conversación de anoche me seguía rebotando en la frente. Las frases del poeta. El comunista grandilocuente. ¿Cómo se puso en contacto con los sandinistas? Preguntó la periodista. Y a mí: ¿Por qué decidiste dar el pitazo? Porque soy costeño y soy negro y soy puto y soy un traidor. ¿Eso te basta? ¿Quién quiere saber más?

Y soy un traidor, no porque haya entregado a los tachos hijos de puta, sino porque con ellos te entregué a ti. Por eso soy un traidor.

Igual íbamos a perder, pero me hubiera gustado morir contigo. Como corresponde. No aquí, en México. Contigo. Que no eras mi mayate. Eras mi amor.
A Alejandro lo conocí en el Colegio Militar. No sabíamos lo que significaba ser soldado de Anastasio Somoza. No sabíamos la vergüenza de que te gritaran con el odio rechinando en los dientes. Pero tenían razón. La guerra no la ganaron los sandinistas, la ganaron los valientes, niños y niñas; los viejos, las viejas, todos los que no tenían ya nada que perder y salieron a gritarnos: ¡Tachos! ¡Tachos de mierda! ¡Que se mueran los tachos! Tenían razón.

Mi madre me metió el odio. Dijo: fueron ellos, los sandinistas, Felipe. Ellos mataron a tu papá. Crecí con eso y cuando tenía dieciséis la cabeza me giraba ya con esa historia merdosa y barroca de contras y recontras que sonaban como la canción mexicana que puso cinco, seis veces Luis.

¿Habrá estado coqueteando con la periodista? No creo. Tan puto él, pero con tantas ganas de jugar al poeta macho. Al comunista que se lleva a la cama a todas compañeras que creen en él. Lo único cierto es que se chinga a un soldado de verdad. Soy yo. El tacho y el poeta de la revolución.

Cuando estábamos ya bien borrachos, seguí al baño a la periodista. Le metí la mano en el bollo y comenzaron los besos. Le bajé los pantalones. La hubiera hincado, allí mismo, pero ella me detuvo, se miró al espejo, se pintó la boca y dijo: Qué rico besan los maricones.

Pero a ti, Alejandro, nunca te besé. Aunque tenía ganas, nunca lo hubiera hecho para que no pensaras que lo nuestro era cosa de maricones. No. Eran nomás juegos de soldaditos de chocolate.

Con sinceridad, debo decir, Alejandro, has sido mi único amante. Por eso me remuerde haberte entregado y por eso agarré el coche de Luís para irme a rumiar en otra parte. Para irme a imaginar en otra parte ¿cómo hubiera sido mi vida si no la hubiera violado? Cómo hubiera sido vivir junto a ti. El fin de la guerra. ¿Te hubieras casado? ¿Me hubieras invitado a tu boda? ¿Hubiésemos vuelto a coger en la recámara en la que duermen tus hijos?

Pero tuvimos que violarla, para demostrar al capitán y a todo el pelotón, que no éramos eso que rumoraban y que era cierto. Tuvimos que matarla Alejandro, para probar que éramos hombres. Para probar que no éramos, lo que en verdad somos.
Daniel Ortega había vuelto de México. Firmó pactos con el gobierno y tratos y todo iba bien. Se trajo a la muchachita morena. Abrimos la puerta de su jacal en la sierra y el capitán gritó que ¡Somos soldados de la guardia republicana!

Arrancamos los cuadros, tiramos los vasos, hincamos las bayonetas en los colchones. Mapo la vio. Mira nada más, si es casi una niña la que se está chingando el cabrón de Daniel Ortega. La tomó por la cintura, desenvainó el cuchillo, cortó el vestido, desenvainó la verga, iba a empalarla. El capitán dijo: Espera. Y uno a uno la violamos.

Antes nos habíamos sentado en el rincón, Alejandro y yo. Alejandro, niño avergonzado. Esa muchachita no mató nunca a  nadie, dijiste. Qué me importa Nicaragua si es ese el precio de la liberación. Venga otro trago, que a mi no me asustan ya los comunistas, hijos de puta, ni mi madre, ni la CIA, ni el gringo que daba clase de defensa personal.

Tratábamos de no ver, Alejandro, la iban violando.

¡Qué horrible es la calle de Tlalpan! ¿Cuándo dejaste de ser niño? Me preguntó anoche la periodista. ¿Qué se yo? ¿Cuando la estábamos violando? ¿Cuando te conocí? ¿La noche que nos quedamos juntos, abrazados, debajo del pabellón?

Yo creo que cuando te traicioné, Alejandro. Cuando te entregué con todo el pelotón. Cuando me salió del pecho ir a confesarme, con el cura sandinista. O tal vez, cuando sentado junto a ti, mi pierna rozó tu pierna mientras allá, detrás de nosotros, uno a uno la estaban violando.

Qué horrible es la calle de Tlalpan. Se me están estirando los pulmones y yo necesito un cigarro. ¡Soy un soldado de la guardia republicana! Grito, aunque ahora lo único que quiero, es bailar.
Todo se hunde en el centro de México. Tengo en esta ciudad tanto tiempo que todo, como en la ciudad, sabe a cascajo. Es el sabor de la borrachera. Mi culpa. Quien dijera que aquí tengo nostalgia del Mapo, de mi vida junto a los tachos, de mi infancia y de ti. A mi madre ¿qué le han dicho? Es un traidor, le dijo a los sandinistas dónde íbamos a andar buscando al comandante Ortega.


Le habrán pegado un tiro en la frente. A tu madre le habrán dicho: esta es la medallita de Alejandro. Un héroe, que murió traicionado.

Quiero coger, Alejandro, pero con un muchacho como tú. Con Luis, no. Ya no. Es como hacerse una paja. Soy el verso patético de su amor incestuoso. El poeta que no vayan a saber que es puto, él tan de izquierdas, izquierda de las de antes. De rectitud moral. ¡Si señor! ¿Y se deja follar por un somocista? ¡Válgame dios! Si: Un tacho que va en su coche buscando con quien coger en el Eje Central.

Un adolescente se disuelve como gato. Se mete a la cantina y yo, lo sigo. Ha puesto en la rocola una canción que sabe más a poema que todos los que escribe Luís.

Violé a una muchacha, le dije al sacerdote. Yo te perdono en el nombre... ¡Pero yo no! ¡No puedo perdonar a ninguno que me perdone! No vengo a buscar tu perdón. Vengo a decirte por dónde van a andar mañana los tachos. Si me lo dices en confesión, me dijo el cura, no puedo repetirlo. ¡Entonces que se acabe! Lo digo fuera de confesión. Mañana van a andar los tachos por el rumbo de Telpaneca buscando a Daniel Ortega. Dígaselo usted al sandinista que está escondido en su sacristía.

Así te entregué, Alejandro y hoy, el alcohol sublima mi remordimiento. Por eso me hundo en el pecho de este muchacho que encontré en la cantina y nos abrazamos en el antro de maricones. Y me besa y yo me meto en sus brazos, como si fuera una muchacha que necesita que la abracen fuerte y quiero morirme y cierro los ojos y sabe a tu lengua y sabe a tu boca y sabe a que estás, finalmente, en otro lugar.

Imagen: De Grancy y Max Sauco